Crímenes a la francesa. Una antología

Crímenes a la francesa. Una antología. Edición de Mauro Armiño

Sinopsis

Una completa y apasionante panorámica de la rica tradición negro-criminal de la literatura francesa a través de sus más destacados representantes. Los relatos de esta excepcional antología, cuidadosamente elegidos y prologados por Mauro Armiño, proponen un recorrido de aproximadamente cien años; desde principios del siglo XIX hasta la década de 1920; por las más oscuras variantes de la literatura francesa: la detectivesca, la criminal, la policiaca, la judicial, el suspense, el enigma o el misterio. Junto a algunos de los grandes nombres de las letras galas; Mérimée, Balzac, Dumas o Gaston Leroux; aparecen también los de Richepin, Lermina o Allais, menos traducidos entre nosotros pero que sin duda aportan al género una fresca visión del mundo del hampa y la vida cotidiana durante el fin de siècle y la Belle Époque. Paul-Louis Courier, Prosper Mérimée, Honoré de Balzac, Alexandre Dumas, Émile Gaboriau, Jean Richepin, Guy de Maupassant, Léon Bloy, Jules Lermina, Alphonse Allais, Octave Mirbeau, Guillaume Apollinaire, Gaston Leroux, Charles-Louis Philippe y Maurice Leblanc.

¿Por qué me decidí a leerlo?

Porque de esta colección de Siruela me leo todo lo que publican. Y me parecía interesante conocer a autores franceses, porque mucho de lo que leo y he leído de misterio es de origen británico.

¿Mereció la pena?

No era lo que me esperaba, porque creía que habría más historias con misterios por resolver, pero ha estado bien leerlo por unas cuantas sorpresas, con las historias y con los autores. Aunque algo que me ha sorprendido, pero para mal, es que no haya ninguna escritora. No sé si es que las mujeres francesas prefirieron dedicarse a otros temas en sus textos o igual es que no solían conseguir publicar, aunque no sé mucho sobre literatura francesa (solo se me ocurre Fred Vargas como escritora de novela negra y es bastante actual). Y me extrañó, porque las escritoras británicas sí que escribían (y escriben) misterios, siendo pioneras Ann Radcliffe, Mary E. Wilkins, Anna Katherine Green o Emma Orczy. Varios de los autores que aparecen en esta antología no los conocía de nada, otros sí por sus novelas de misterio (Gaston Leroux y Maurice Leblanc), y de algunos otros sí que he leído algo de ellos, pero no me esperaba encontrarlos en esta selección. Aunque tampoco es que se alejen demasiado de lo que había leído de ellos, como de Honoré de Balzac o Alexandre Dumas (padre). Del resto creo que es la primera vez que leo algo.

En general todas las historias recogidas se centran más en los crímenes en sí que en la labor de quien debería investigar. En la mayoría ni siquiera hay alguien que investigue, simplemente se narra qué pasó y no parece que haya consecuencias penales de ningún tipo (básicamente porque las autoridades parece que ni se enteran). Al ir leyendo los relatos me hice una pregunta que podría aplicarse a varios de ellos, porque se repetían un poco en cuál era el motivo de los crímenes o a quién se mataba o atacaba o se dejaba morir. ¿Se supone que en cierta época en Francia se podía matar a un familiar y salir totalmente impune? Parecería que el honor era mucho más importante que matar a alguien, así que una infidelidad o cualquier otro tipo de traición podía acabar en asesinato o suicidio. Y ser hijo ilegítimo también era una gran deshonra. Además, me sorprendió el alto número de mujeres asesinas o carentes de escrúpulos que aparecen.

El prólogo es de Mauro Armiño, que también es el que ha reunido, como editor, todos estos relatos para formar la antología, y los ha traducido. Su prólogo, bastante extenso, es muy interesante para comprender la evolución de la literatura negra / policiaca francesa y compararla con la anglosajona. Y aprender cosas, como que rocambolesco viene de la novela Rocambole, de Ponson du Terrail. Tiene muchas notas a pie de página en la mayoría de los relatos, incluso con algunas explicaciones sobre geografía para saber dónde se localizan los relatos (o si el lugar es una invención). También me gustaron las biografías al final, con información bastante resumida, pero destacando lo más importante. Y muy de agradecer que indique si existen ediciones de los autores en castellano o qué autores no se han traducido nunca hasta ahora. Como siempre que reseño un libro de relatos, paso a dar mi opinión sobre cada uno de ellos:

Cartas desde Calabria, de Paul-Louis Courier. Un hombre escribe a su prima Sophie, a la que parece que solo si le escriben algo interesante le entran ganas de responder. Y ahí está su primo contándole alguna aventurilla. Me llamó la atención la referencia a las novelas de Ann Radcliffe o La Fontaine. No está mal, es hasta divertida.

Mateo Falcone, de Prosper Mérimée. Nunca había leído nada de él, aunque sí conozco la historia de Carmen. Me pareció que, para ser la segunda historia, es un golpe por la gran crueldad. Trata sobre qué se puede considerar traición y cuál puede llegar a ser su castigo. Tan cruel me pareció que creo que no supe apreciar la narrativa, para eso tendría que volver a leerla (y no me apetece).

La Grande Bretèche, de Honoré de Balzac. El nombre es por un feudo (o casa) que oculta un misterio, y el narrador de esta historia (aunque luego usa el testimonio de otra persona) tiene mucha curiosidad por descubrir qué pasó allí. Otra historia muy cruel, pero muy bien narrada.

El armario de caoba, de Alexandre Dumas (padre). Un narrador en primera persona cuenta la historia de un ayuda de campo del príncipe Eugene, que estando en el teatro conoce a una bella joven, va a su casa, y hace un descubrimiento no precisamente agradable… Lo que me faltó en esta historia es que no concretara más qué y por qué pasaba lo que pasaba.

El viejecito de Batignolles, de Émile Gaboriau. Mi preferido, entre otras cosas porque era lo que me esperaba de estos relatos: un misterio de los que me gustan, donde lo importante es la investigación. Contado en primera persona, el protagonista se extraña de los hábitos de su vecino, que acaba dejando que le acompañe…

Deshoulières, de Jean Richepin. Un buen ejemplo sobre cómo, por querer ser original, se acaban haciendo maldades. Aunque no sé si era más bien por aburrimiento y querer escandalizar. El protagonista se llama de apellido como Madame Deshoulières (Antoinette), la primera mujer académica francesa (y el autor usa una cita suya al principio del relato), y me pregunté a qué se debería… El narrador juzga un poco al tal Deshoulières.

La obra maestra del crimen, de Jean Richepin. Este es similar al anterior, pero mucho más original por su final, hasta parece «justicia poética». Contado en tercera persona, trata sobre un dramaturgo que no tiene nada de éxito, y se le ocurre una «obra maestra».

El barrilito, de Guy de Maupassant. Todo empieza por un trato entre Maese Chicot y tía Magloire. Pero la longevidad de Magloire hace que a Maese Chicot le parezca mal negocio y… Parece una fábula, porque casi tiene hasta moraleja.

El cuarto de hotel, de Jules Lermina. Contado en primera persona, es una historia en la que el «investigador» inteligente asombra porque es capaz de desentrañar lo que parece casi inexplicable. Y casi todo lo averigua mientras transcurre el juicio… Interesante porque salen hasta interrogatorios en la sala.

Los dos retratos, de Jean Richepin. Con un tinte un poco sobrenatural, por el odio que se supone que pueden sentir los miembros de un matrimonio hasta después de la muerte. Los retratos reflejan ese odio, y el protagonista, que lo cuenta en primera persona, decide averiguar qué pasó con ese matrimonio inglés.

¡Pobre Césarine!, de Alphonse Allais. El final es demasiado increíble, pero como metáfora está bien. Contado en tercera persona, al narrador le da mucha pena Césarine, porque el mal de amores puede ser muy malo…

La tisana, de León Bloy. En este relato, contado en tercera persona, Jacques escucha una confesión, hecha a un sacerdote (y que no debería haber oído, como cualquier confesión a un cura católico), que le deja asombrado. Y el final me costó un poco entenderlo porque es muy apresurado.

El enigma, de Jules Lermina. Esta historia me recordó a Mi prima Rachel, de Daphne du Maurier. Contada en tercera persona, me pareció un poco culebrón, pero con parte de misterio. Y muy drásticos todos los personajes, con esa manía de no querer contar la verdad (aunque viendo cómo reaccionan algunos, es mejor callarse) y otros empeñados en saberla sí o sí.

La búsqueda de la desconocida, de Alphonse Allais. El más breve de todos. El protagonista sufre un flechazo con una desconocida, y tiene una idea muy peregrina para volver a verla. El narrador, en tercera persona, trata de hacer entender a los jóvenes lo que no hay que hacer.

Las bocas inútiles, de Octave Mirbeau. Otra historia cruel, donde se ven los efectos de la pobreza más extrema. Y lo rectas que pueden ser algunas personas.

La desaparición de Honoré Subrac, de Guillaume Apollinaire. Este caso roza lo sobrenatural (o la ciencia ficción). Un hombre que viste de una forma extraña porque «tiene que desvestirse rápidamente», y le cuenta al narrador a que se debe y qué teme. Y el final podría haber sido un poco más claro (aunque ya lo avisa el narrador desde el principio).

El hacha de oro, de Gaston Leroux. Casi un cuento, sobre una vieja dama que le cuenta al narrador por qué tiró una pequeña hacha al agua que le estaba regalando él (no entendí muy bien por qué alguien pensaría que un hacha, aunque sea de oro, es un buen regalo).

El asesino, de Charles-Louis Philippe. En tercera persona, cuenta cómo algunas personas no se resisten al impulso de hacer lo que se supone que no quieren hacer. Así, por probar que no lo vas a hacer. Yo me esperaba que todo fuera un sueño.

La cena de los bustos, de Gaston Leroux. Reconozco que no me esperaba esta historia de Leroux, bastante desagradable. Me pasé las últimas páginas pensando que por qué el protagonista (y narrador) no capta que debería haberse ido cuando podía. Bueno, lo piensa, pero no actúa.

El chal de seda roja, de Maurice Leblanc. El famoso Arsène Lupin ayudando a la policía, concretamente a Ganimard, que le odia, pero no puede evitar seguir sus instrucciones para resolver el caso. Además, Lupin demuestra lo inútiles que son los policías, en todos los niveles. Y el narrador parece que disfruta con todo eso.

El hombre de la piel de cabra, de Maurice Leblanc. Un homenaje a Poe en varios sentidos. El narrador lo cuenta en tercera persona, hasta que se dirige a quien resuelve el caso (Lupin), para decirle que tampoco era tan difícil resolverlo…

¿A quién se lo recomiendo?

A quien quiera leer una interesante colección de relatos sobre crímenes. Abstenerse quien busque relatos de detectives o policiacos porque casi no hay.

Ritmo de lectura

Rápido porque la mayoría de los relatos son bastante cortos.

¿Leerías algo más de los autores?

Sí, creo que de casi todos, aunque algunos difícilmente si no los traducen. Seguro que leería a Émile Gaboriau, porque creó un antecesor de Sherlock Holmes, el tío Tabaret. En castellano podría leer El crimen de Orcival o El expediente número 113. Y también probablemente de Jules Lermina. Del resto no tendría problema en leer algo más de ellos, excepto de Octave Mirbeau. Según la pequeña biografía del final destacó por su misoginia, así que creo que no es para mí.

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