La isla desierta de Roberto Artl

La isla desierta - Roberto Artl

Sinopsis

Roberto Arlt retoma el símil platónico en La isla desierta donde nos presenta unos oficinistas esclavizados y robotizados que, por lo menos, han ascendido desde los sótanos de la empresa donde trabajaban y donde no había luz del sol sino de bujías eléctricas, al décimo piso de la misma, donde tienen la posibilidad de observar a través de la ventana un mundo que les está prohibido.

¿Por qué me decidí a leerlo?

Ha sido por algo bastante curioso. Estaba viendo un vídeo corto en Instagram, en el que se decían cinco lugares famosos por aparecer en clásicos de la literatura, y el autor del vídeo esperaba que la gente lo adivinara y comentara. El último me llamó la atención porque era «la isla desierta». Creo que se refería a Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, pero al buscarlo en Internet me salió esta obra de teatro o burlería en un acto. Y como justo necesitaba leer un «clásico de no ficción, poesía o teatro» para el nivel 4 del reto «Todos los clásicos grandes y pequeños», de Las inquilinas de Netherfield, pues me puse a leerla.

¿Mereció la pena?

Sí, mucho, me lo he pasado muy bien leyéndola. La he disfrutado tanto que se me ha hecho demasiado corta. Me hubiera encantado saber más, mucho más, de lo que pasaba en esa oficina, o lo que pasará en el futuro. La mayor parte de los personajes son gente que trabaja en una oficina y no está contenta con su situación. Eso se nota en los diálogos, pero también en cómo describe la escena el propio autor:

Oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando un cielo infinito caldeado en azul. Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los empleados. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del JEFE, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón de un décimo piso.

Después se producen los diálogos, que son muy dinámicos al ser casi todas las frases cortas. Y creo que podría reflejar muy bien el ambiente de cualquier oficina, cuando se habla de un tema en el que todo el mundo se siente afectado o involucrado. Aunque no tengo tan claro que estuvieran mucho mejor en un sótano, como antes, pero sí que entiendo que las distracciones puedan afectar mucho en ese tipo de trabajo. No sé si la intención de Roberto Arlt con el final era que tuviera una moraleja, pero más bien me pareció que quiso dar un golpe de efecto y sorprender a quienquiera que asistiera a la representación, o como yo, que leyera esta obra.

Lo de los nombres de los personajes es curioso. Solamente se distingue a dos por sus nombres, porque lo dicen directamente en la obra. Son María y Manuel, criticados por el Jefe, que no está contento con tantos errores. Creo que el que más destaca es Manuel, es el primero que se queja y explica su deseo de que se produzca un cambio en su vida. El resto son Empleada 1ª, Empleada 2ª, Empleada 3ª, Empleado 1º, Empleado 2º, Tenedor de libros (la forma antigua para denominar al contable) y el Director. Aunque también está Cipriano. Es el ordenanza y es mulato. Es también el único personaje al que se describe:

Entra el ordenanza CIPRIANO, con un uniforme color de canela y un vaso de agua helada. Es MULATO, simple y complicado, exquisito y brutal, y su voz por momentos persuasiva.

Y creo que como personaje debería usarse Cipriano, porque se dirigen a él por su nombre, o incluso Ordenanza, pero cada vez que le toca hablar pone Mulato. Cuando era totalmente innecesario porque ya estaba aclarado que es mulato. Al ser una obra de hace tantos años, de 1937, probablemente era algo considerado normal referirse así al personaje. Pero hoy en día creo que es como mínimo chocante, y sería políticamente incorrecto. Una sensación similar tuve al leer otra obra de teatro de 1935, El carbón y la rosa, de Concha Méndez. Aunque en esa solamente se indica que el niño que interprete a Carbón tenía que ser negro.

¿A quién se lo recomiendo?

A quien quiera leer una obra de teatro muy curiosa y divertida. Está disponible en formato PDF aquí: https://www.cjpb.org.uy/la-isla-desierta/

Ritmo de lectura

Muy rápido, es tan cortita y amena que no me ha durado nada.

¿Leerías algo más del autor?

Sí, creo que sí. Esta pequeña obra de teatro suele encontrarse junto a otra, Saverio el cruel, así que puede que me anime a leerla. También publicó novelas y cuentos, como uno llamado El gato cocido, que no me atrae demasiado…

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