Viajar

Decía Emily Dickinson «para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro» y tenía mucha razón. Porque cuando lees puedes viajar, pero no solo por el mundo, también por otros mundos imaginarios y evadirte de tu vida rutinaria. Seguramente pensaba así porque ella no salió precisamente mucho de viaje. A mí me encanta viajar con los libros, pero me también poder comprobar cómo es el sitio del que leí alguna vez, y por eso, entre otras razones, amo viajar.

Representación de viajar en un libro
Fuente: Poemas del alma.

 

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Clavícula de Marta Sanz

Clavícula - Marta Sanz

Sinopsis

Durante un vuelo, a Marta Sanz le duele algo que antes nunca le había dolido. Un mal oscuro o un flato. A partir de ese instante crece el cómico malestar que desencadena Clavícula: «Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.» Aquí, la narración del episodio autobiográfico se fractura como el mismo cuerpo que se deforma, recompone o resucita al ritmo que marcan las violencias de la realidad. La descomposición del cuerpo parece indisoluble de la descomposición de un tipo de novela orgánica donde se mienten las verdades y se usan trampillas y otros trucos de prestidigitación. En Clavícula, o Mi clavícula y otros inmensos desajustes, no, aquí la palabra busca dar cuenta de los hechos, más o menos difuminados, para llegar a entender. La dificultad de nombrar el dolor suscita grotescas reflexiones: ¿primero me duele y luego enloquezco?, ¿me duele porque he enloquecido?, ¿el dolor nace del dentro o del fuera?, ¿primero me explotan, luego enloquezco y después me duele?, ¿o me duele y me hago consciente de que me explotan?

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Cáscara de nuez de Ian McEwan

Cáscara de nuez - Ian McEwanNutshell - Ian McEwan

Sinopsis

Trudy mantiene una relación adúltera con Claude, hermano de su marido John. Este, poeta y editor de poesía, es un soñador depresivo con tendencia a la obesidad cuyo matrimonio se está desintegrando. Claude es más pragmático y trabaja en negocios inmobiliarios. La pareja de amantes concibe un plan: asesinar a John envenenándolo. El motivo, una mansión georgiana valorada en unos ocho millones de libras que, si John muere, heredará Trudy.

Pero resulta que hay un testigo de esta maquinación criminal, el feto que Trudy lleva en sus entrañas. Y en una pirueta de triple salto mortal que parece imposible de sostener, pero le sale redonda, McEwan convierte al feto, al que todavía no han puesto nombre porque no ha nacido, en el narrador de la novela, desde la primera página hasta la última.

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