Cómo descubrí… la mitología griega

Un descubrimiento de hace unos cuantos años. Cuando era una niña me convertí en una apasionada de la mitología griega. Pero no fue porque me regalaran un libro sobre mitología o porque lo estudiara en el colegio. Nada de eso. Todo empezó con una historieta… y continuó con la compra de un montón de libros, pedir disfraces de diosas griegas para Carnaval, intentar hacer mi propio diccionario mitológico (ejem, más bien copiar lo que aparecía en la enciclopedia, pero no llegué muy lejos) y empeñarme en ir por primera vez a Atenas.

Libros de mitología
Parte de los libros que fui adquiriendo para saber más sobre mitología griega.

Como decía, todo empezó por una historieta. En esa época, yo leía la revista infantil/juvenil Don Miki, donde aparecían multitud de historias, pero siempre protagonizadas por los personajes típicos de Disney (Mickey, Minnie, Pluto, Donald…). Y me las leía todas. Pero una en concreto, sobre la Guerra de Troya, me llamó muchísimo la atención. Cuando me di cuenta de que era una historia que no se habían inventado ellos (bueno, era una versión, pero básicamente contaba la historia de la manzana de la discordia), me entró una fiebre investigadora. ¿Dioses y diosas? ¿Leyendas? ¿Existían más historias así?

Mis padres me regalaron Monstruos, dioses y hombres de la mitología griega de Michael Gibson, con ilustraciones de Giovanni Caselli. Y me encantó. Lo que pude disfrutar con todas las historias, contando los mitos de cada dios por separado, y también con las ilustraciones. Por supuesto lo releí varias veces, algunas historias más que otras. Mi madre me lo forró para que no se estropeara con tanto uso… Con todo lo que he leído después, me sigue pareciendo muy buen libro para empezar a conocer las leyendas y mitos griegos. Pero son unas historias un poco edulcoradas, dirigidas a un público juvenil.

Portada de Monstruos, dioses y hombres
Aquí se ve mejor la portada de mi primer libro de mitología griega.

Después de este primer libro me empecé a interesar en otras mitologías.  Pero no era lo mismo. La romana me parecía una «copia», con los mismos «protagonistas» pero cambiando los nombres, aunque por supuesto tenían sus propias leyendas. La egipcia me gustaba, pero casi todo se centraba en la muerte… Y la vikinga me parecía muy dura (como si alguna no fuera dura, pero bueno) y dejaba poco lugar a la esperanza. Así que seguía prefiriendo la griega, y con diferencia. Me gustaba sobre todo por cómo conseguían explicar muchos de los fenómenos naturales, como el origen del invierno por la tristeza de una madre (Deméter, la diosa de la agricultura), cuando se tiene que separar de su hija unos meses.

También me fui comprando (o me regalaron) más libros de mitología griega. Unos libros muy interesantes, pero que le quitaron un poco de encanto a las historias que casi me sabía de memoria. Porque explican dónde empezaron los mitos, cómo evolucionaron y las distintas versiones que existen. Que está muy bien, pero es como cuando te descubren cómo se hace un truco de magia: puede seguir siendo admirable, pero ya no asombra tanto. Me consolé pensando que, si hay varias versiones, me puedo quedar con la que más me guste.

Atenea, mi favorita

Al principio me gustaba mucho Ártemis o Artemisa, y eso que era la diosa de la caza. Claro que para mí era más la diosa de la naturaleza y los animales, siempre libre, corriendo por los campos y bosques… Según me fui haciendo mayor cambié de opinión: la mejor era (y es) Atenea, la diosa de la sabiduría, de las artes, ciencias…, e incluso de la guerra estratégica. Eso último me llamó mucho la atención, porque Ares es el dios griego de la guerra, pero representa más bien el deseo de luchar, de una forma agresiva y sin pensar. Así que, para ganar una guerra, era mejor tener de tu parte a Atenea.

A pesar de ser sabia, también tenía momentos en los que no me gustaba lo que hacía. Como, por ejemplo, su historia con Aracne. Una muchacha que creía que tejía mejor que la diosa, y que hizo un tapiz maravilloso, con escenas de las historias de los dioses. Cuando Atenea se dio cuenta de que Aracne era mejor que ella, por pura envidia le destrozó el tapiz, y la chica se ahorcó en el bosque. Atenea la convirtió en una araña, para que tejiera solo para sí misma y nunca intentara compararse con los dioses. Con esos arrebatos de envidia, demostraba que era digna hija de su padre, el colérico Zeus.

Representaciones de Atenea
Figura de Atenea y dos representaciones de su símbolo: el búho. Recuerdos de mis dos visitas a Atenas.

Y si me gustaba Atenea, era inevitable que me gustara la ciudad de Atenas. Me costó un tiempo, pero al final conseguí viajar a Grecia. Sobre todo, me gustó Atenas, con la Acrópolis. Me fascinó, a pesar de que el Partenón, mi templo favorito (que estaba dedicado a Atenea), estaba en obras. Pensé que tenía que volver para verlo reconstruido, y prometían que estaría para el año 2000. En mi segunda visita, hace casi un año, volví a ir a la Acrópolis y ahí seguían reconstruyendo el Partenón. En mi siguiente visita, que no sé cuándo será, a saber qué me encuentro. Esperemos que no sea como la tarea eterna de Sísifo, y que cuando terminen no tengan que volver a empezar de nuevo.

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