El insólito peregrinaje de Harold Fry de Rachel Joyce

El insólito peregrinaje de Harold Fry - Rachel JoyceThe Unlikely Pilgrimage of Harold Fry - Rachel Joyce

Sinopsis

Novela inteligente y admirablemente construida, con un desenlace inolvidable, esta primera obra de Rachel Joyce —actriz de teatro y guionista de la BBC— ya está entre los libros más vendidos de Reino Unido y Alemania. De próxima publicación en más de treinta idiomas, ha despertado una enorme expectación por la sobria autenticidad de su prosa, que con una historia tan original como algo disparatada logra calar hondo en el ánimo de quienes la leen.

Una mañana cualquiera, mientras su mujer pasa el aspirador en el piso de arriba, Harold Fry sale de casa para echar una carta al buzón. Recién jubilado, Harold está lejos de imaginar que acaba de iniciar un viaje a pie de un extremo a otro del país. No lleva calzado ni ropa adecuada, ni siquiera un teléfono móvil, y mucho menos un mapa o una brújula. ¿Para qué iba a llevarlos? Tan sólo va al buzón de la esquina para responder a la misiva de Queenie Hennessy, una vieja amiga y compañera de trabajo quien, tras un silencio de casi veinte años, acaba de comunicarle que está ingresada en un hospital del norte a punto de morir de cáncer. Sin embargo, cuando Harold se dispone a enviar la carta, un impulso repentino lo conmina a llevar él mismo el mensaje a su destinataria. Por una vez en su vida, Harold toma una decisión sin pensar, pero su intuición le dice que su amiga Queenie hará algo igualmente impensable y se curará.

Así comienza un largo peregrinaje que dará un vuelco total a su existencia. Mediante el sencillo acto de caminar, Harold emprende un viaje al encuentro de sí mismo, un largo recorrido, duro y placentero a la vez, que lo conducirá a descubrir sus verdaderos sentimientos y deseos que yacían adormecidos en su interior y, por encima de todo, a exorcizar el terrible recuerdo que marcó su vida.

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Manías nuestras (I)

¿Secretos (in)confesables o manías? ¿Cómo lo llamaríais? Lo llaméis como lo llaméis os voy a dejar unas cuantas que tengo, y es que de “perfecto” solo tengo el apellido.

Viñeta olor a libro
Una «manía» típica de lectores. Fuente: Turrilandia.
  • Me gusta mucho más leer en papel que en libro electrónico. Me gusta el olor, me gusta pasar sus páginas y me gusta mucho ver la portada. Reconozco que el electrónico, aunque me gusta menos, es en muchas ocasiones más cómodo. Cuando vas en trasporte público pesa menos, tanto en el bolso como en la mano. También es más cómodo cuando sales de viaje, porque lo puedes meter en cualquier sitio sin peligro de que se arruguen las páginas o se estropeen. Comodísimo leerlo en la playa y que no se te llene de arena. Pero os tengo que contar un secretillo, que, por mi memoria de pez, cuando leo en libro electrónico y no veo constantemente la portada del libro, se me olvida el título que estoy leyendo. Así que tengo que volver en muchas ocasiones a la página del principio para recordarlo. Llamadme despistada, llamádmelo.
  • Ya sé que a (casi) todo el mundo le gusta que los escritores les firmen sus libros, hasta hacen colas eternas en las ferias del libro por todo el mundo para conseguirlo. No soporto hacer cola para conseguir una firma, me canso, me aburro y como no debo ser nada fetichista pues me voy a casa tan contenta con mis libros, pero sin firma. Pero tengo dos libros firmados. Uno por Antonio Gala, por pura casualidad. Justo llegaba él antes de tiempo para la firma cuando yo estaba comprando su libro en la caseta de La Feria del Libro de Madrid. Aún no había nadie esperando y el librero, muy majete, le dijo que si no le importaba firmármelo. El otro es de poemas, de un poeta desconocido por el gran público, a quien yo le gustaba y me regaló el poemario ya firmado, que él mismo había editado. Cosas de juventud.
  • ¡Hablando de poesía! Os tengo que confesar que leo muy poca poesía, ya sé que debería leer más, pero siempre me da pereza y lo dejo para otro día, y al final no lo hago nunca. Creo que mi pereza se debe a que la poesía no es como la novela, es decir, de rápida lectura. Cuando leo poesía tengo que hacerlo muy despacio, fijándome mucho en lo que quiere decir el autor y eso no me hace avanzar demasiado. Eso sí, aunque parezca una contradicción, tengo algunos libros de poesía, aunque pocos, y alguna vez leo algún poema.
  • No me gusta dejar libros a cualquiera que no conozca demasiado, por si me los pierden, deterioran o no me los devuelven. Y si sucede algo de eso, jamás le vuelvo a dejar un libro a esa persona. Eso sí, como soy muy despistada, siempre que dejo un libro lo apunto para no perderlo de vista.
  • Soy incapaz de dejar un libro a medias, tengo que terminarlos siempre. Si es horrorosamente malo, soy capaz de saltarme párrafos que me parecen poco interesantes, pero nunca lo cierro y lo doy por perdido. En el fondo pienso que, si lo dejo, a partir de la página siguiente va a pasar algo interesante, el libro va a cambiar por completo y yo me lo he perdido. Solo tengo una excepción: el Ulises de James Joyce. Nunca he sido capaz de terminarlo, de la página 100 no paso. Todo el mundo dice que es una obra maestra, pero yo no puedo con él, y eso que lo he empezado a leer en tres ocasiones.
  • Otra manía mía es que no me gustan los libros de cuentos o relatos cortos. Empiezo a leerlos, y si alguno de los relatos me gusta, quiero más, me sabe a poco y me frustra. Por eso prefiero las novelas, y si me gustan, cuanto más largas mejor, para luego no quedarme como vacía cuando se terminan, porque ya no puedo sentirme tan cerca de los protagonistas.

Ya os he contado algunas manías que tengo, y seguro que de alguna más me olvido, pero ahora quiero que vosotros me digáis cuáles son las vuestras.

El juego de Ripper de Isabel Allende

Sinopsis

«»Mi madre todavía está viva, pero la matará el Viernes Santo a medianoche», le advirtió Amanda Martín al inspector jefe y éste no lo puso en duda, porque la chica había dado pruebas de saber más que él y todos sus colegas del Departamento de Homicidios. La mujer estaba cautiva en algún punto de los dieciocho mil kilómetros cuadrados de la bahía de San Francisco, tenían pocas horas para encontrarla con vida y él no sabía por dónde empezar a buscarla.»

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